Primero fui escritor, y no neurólogo.
Aprendí en estas lides
Aprendí en estas lides
desamando y leyendo a Federico.
Después llegaron otros.
Maduré tarde,
si es que puedo decir que he madurado,
en esto de los versos.
Casi nunca me leo.
No anhelan estos textos la excelencia,
sólo eficacia básica
y un espejo de papel para mis semejantes.
He escrito baratísimos opúsculos
que no se dejan ver en librerías.
Su sólo peso en el estante basta.
No han ganado certámenes.
Tampoco me recoge ninguna antología.
Si ellos son estallido, quizás yo soy el globo.
Pero me da lo mismo.
Odio que me declamen, aunque nunca lo han hecho.
Son textos para contemplar con sigilo,
como si fueran aún peores, como si al académico
rascara en el gaznate,
mirados con cariño y sencillez.
Leídos, en silencio y con buen vino,
desnudan algo de mí mismo.
Quise ser Pepe Hierro o Luis García Montero,
pero me detuvieron a mirad de camino.
Ahora tan sólo espero que alguien mire mis textos,
compartiendo el ardor con que surgieron
durante media vida
y les coja cariño.
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