jueves, 8 de agosto de 2013

Lejos

Cierro la puerta.

Silencio. La vida
es eso que se va por la ventana
durante el combate con las palabras.

Mi corazón ya no escribe.
Dicta al viento las palabras
y él las lleva
muy lejos,
                  las
esconde
donde nadie pueda verlas.
Sólo la inútil lucha
del uno por el otro en noches de miércoles
rompe los sellos,
transige el empeño boquiabierto,
revela secretos,
traiciona dulcemente.

Quiero abrir la puerta esta noche.
No se me concede
el ritmo cáustico
de las sombras de los versos
tristes de antaño.
                            Sólo
necesito
el alma fugaz de los recuerdos
que se vienen con la luna
nueva del solsticio,
donde duermen y suplican las miradas.

Lejos de ti, 8 de agosto de 2013. 02:28 h

viernes, 5 de julio de 2013

Un mundo sin fin

(...)Hasta en la mayor noche de las noches
siempre está la certera luz de la esperanza.




Para Gema, con cariño


Son las nubes cansadas de septiembre
fieles evocadoras de las palomas claras
que nos devuelven a los compañeros de viaje.

Las miradas
fueron fundiendo la escarcha del reloj de arena,
gota a gota, verso a verso, entre abrazos
de mediodía de abril en el Retiro,
o en otras primaveras,
caminando solitarios en llanuras áridas
más allá de lo que hubiéramos imaginado,
noches de oriental ensueño, que nos regalaron
ilusiones renacidas, deseos, abrazos,
la vida más allá de estas palabras.

Y aquí estamos,
los que fuimos y no fuimos, los que te queremos,
algunos, desde la mesa de al lado,
otros, desde rincones
no tan lejanos como pudiera parecer,
pero hay razones, y sobre todo, hay personas
por las que siempre merece la pena escapar
de las distancias
                      que nunca debieron ser,
que minaron nuestros recuerdos por descubrir.

Pero nosotros somos más fuertes
y miramos al cielo, y hacia adelante,
para hacer indivisible una misma esperanza.
Cada estación
nos descubre nuevos compañeros
de viaje,
              aprendiendo de los pasos perdidos,
con los ojos puestos en un futuro
que reclama reencontrar los espíritus
que justifican su existencia.

Un mundo de recuerdos
donde los suspiros huyen con el viento norte
descrito en miles y miles de abrazos
ahora más que nunca necesarios.

Retornamos, por un momento,
a la cárcel de palabras y silencios
confinados por el tiempo y el espacio.

Pero un día, cuando llegue el fin del tiempo,
correremos, concéntricos, en busca del eco
de aquellos abrazos de fin de otoño.
                                                         Y vendrán
para demostrarnos
que
existe una vida más allá de las palabras
y los versos,
                      blanco y celestial recuerdo,
en nuevas primaveras consumado,
que nos mostrará el camino.

Hasta entonces
será dejar correr el tiempo
entre miradas entredichas
en las hojas de un nuevo otoño.

Un mundo sin fin.
Un sinfín de mundos por descubrir,
siempre bajo la feliz mirada
de los eternos compañeros de viaje.


  

Ahora, y siempre, te mereces que toda la felicidad que has regalado a los demás vuelva a ti.
Y lo único que te pedimos, si es que tenemos derecho a pedir algo a alguien que nos lo ha dado todo,
es que no cambies nunca.

Feliz cumpleaños Gemita :)



Y evocando el último cantar de un viejo poeta,
creo en ti. Amparado
por la penumbra de esta noche
que se nos va, que nos acerca
muy poco a poco,
dirijo mi última mirada a estas palabras
y con todo el cariño que este invierno extenuante me deja darte


sólo anhelo recordar
que los túneles no existen,
que viviremos para contemplar el retorno de los brujos.


Leganés (Madrid), 5 de julio de 2013
21:50 h

sábado, 29 de junio de 2013

Memoria de prácticas

Dedicado a los nuevos compañeros y amigos del Doce de Octubre y otros hospitales,
y a mis eternos compañeros de viaje, con cariño.



Madrugada de timbres en la tercera.
Lamentos en guardia que no cesan
en la tierra blanca de las habitaciones.

En la dieciocho,
varón, sesenta y tantos,
la tos oculta el quejido de las puertas.
Las albas comitivas
se aproximan en torno al yacimiento
mirando desde arriba
las constantes dibujadas en los yermos monitores.

Galones de galenos
encabezan la vanguardia del cortejo:
el anciano sabio y decrépito,
el joven insolente, el calvo,
el serio, el gracioso,
el Mesías mal avenido, el interino
y el de los pelos largos. Detrás,
la mirada caída del residente
tras treinta y dos horas de clausura
y tres unidades de café intravenoso.
Al final, rozando el suelo con los ojos, languidece,
fiel lacayo, ese atónito estudiante de tercero
(esa lapa preguntona
que el jefe de servicio adjudicó, a su pesar, al gracioso
para canalizar sus bromas de mal gusto)
que mira detrás de los ojos del anciano
buscando, Tántalo iluso y suplicante,
la virtud en los libros y en la cabecera del paciente.

Silencio en la dieciocho.
La puerta abierta. No falta el crujido
que rompa el hielo:
                                «¿Qué, abuelo,
cómo estamos esta noche?».
Clamor de silencio. Parcialmente
oculta por las sábanas,
asoma la cabeza de don Saturnino,
Catedrático Etceterísimo de Derecho
Civil y Mercantil, también Romano,
endecáglota consumado,
amante de las palomas y de la obra de Góngora,
hombre que bien, más que abuelo, también padre,
hermano de hermanos y del prójimo como a él mismo,
y ministro de justicia en su fuero interno;
                                                                   ahora
tan sólo un número postrado
cifra a cifra sobre el lecho pálido,
sólo una momia, un reflejo sucio,
un bsoquejo diabólico de cualquier tiempo pasado.

La orden es tajante, esclava:
conservando el indómito rictus
de adjunto a las tres de la mañana,
el viejo enuncia al viento ensimismado
de ese olor que sólo tiene la dieciocho:
«salbutamol, doscientos». Y, ufanos,
emergen todos como de la platónica cueva
a la maleza del pasillo
donde retorna la olvidada luz
en busca de otro timbre quejumbroso
al que aplicar el protocolo.

Las tres y veinticinco. Sobre la ventana,
la luna entreabierta salta en las estrellas
mientras ni el calvo ni el de los pelos largos
estaban allí para contarlo. Silencio
en la dieciocho.
Se movieron las sombras. Entre toses y gruñidos
de la cama moribunda,
más allá de la inundación de sibilancias
una escasa silueta cabalgó
por la ribera de la sombra del gotero.
E incorporando brevemente la columna,
timbre en mano (por si fuera
preciso apaciguar a los fantasmas)
se apresuró a encender una pequeña luz
al pie del monitor del electrocardiograma.

Nadie en la ventana.
Nadie en el armario.
Nadie en el reborde luminoso de la oscura
puerta de la dieciocho.
Súbitamente, un impulso retiniano
le dirige hacia ese pequeño asiento
donde los buenos médicos hablaban a los hombres
según antiguas leyendas.
                                          Una sombra
deshecha en pertinaz nerviosismo
asoma la mirada sobre la mirada azul
de don Saturnino.

                             «No, por favor,
no llame a la enfermera ni a mi adjunto»,
tragó saliva. El estudiante respiró
como último aliento del emplazado
y musitó:
                 «¿Cómo se encuentra, don Saturnino?»,
huyendo en un ovillo de lágrimas
hacia la costa oeste del armario
donde la luna mencionó la sombra.

Silencio en la dieciocho. La pequeña luz
iluminó una mirada arcaica,
de abuelo recordado,
de padre anterior,
de la vida lejos de las baldosas blancas
que apedreaban sus memorias latido a latido.
Y aquel
que estudiara Leyes en los años sin ley
de los hombres grises,
cuando para el neófito galeno
ver un paciente era un don mariano
motivo de ofrenda a San Lucas Evangelista,
patrón de los médicos y de otros carniceros)
mirando al ovillo de estudiante yaciente en el suelo
sonrió con la mirada, y resopló
con voz pulmonar obstructiva crónica:

Tantos años,
tantos libros,
tantos galones,
                           ¿de qué sirvieron?

En el libro que engulles, hijo,
escribe mi nombre
y recuérdame
aunque tus manos permanezcan
cuando mis ojos ya no miren esta tierra.
Mírame. Soy el de la dieciocho. Hablo. Tengo
voz, mirada, sentimientos. ¿Ves acaso
ojos de número, voz de número, manos
de número, corazón de número?
No tengas miedo. Tú no eres como ellos.
Tú no has mirado al número, sino a la llama
que, aunque se esté apagando para siempre,
refleja en tus manos y en tus palabras.

Ven conmigo
y te enseñaré lo que ningún libro
da a los médicos de las leyendas y los cuadros
y, aunque no sé fisiología alguna, ni cirugía,
despertarás mis ojos para aprender humanidad.»

Tosió. Aquel fragmento aniñado de estudiante
elevó sus lágrimas al cielo. Silencio
en la dieciocho. Se levantó, ayudado
por la fuerza imaginaria del convalenciente.
Y acercó sus manos a las suyas.
                                                     Y hablaron
de la vida y de la muerte,
de las salud, de la enfermedad,
también de los estertores crepitantes
y de eso del salbutamol. Tocó su piel delicadamente,
palpando y percutiendo cada región torácica
con la sutileza del roce de los campos de trigo
sobre las láminas de brisa veraniega
para después escuchar un mensaje de angustia,
de desesperanza, de fin de los tiempos,
que acucia su corazón y sus pulmones.
Más que nunca, silencio en la dieciocho.
Tosa. Diga treinta y tres, no es ninguna
broma. Grite. Suspire. Llore. Muera poco a poco.

Cuando la última palabra fue dicha
liberada de la cárcel de un bolígrafo BiC
sin mensajes farmacéuticos,
el estudiante miró al Maestro,
lo abrazó con la mirada, con una
pequeña caricia oculta, invisible,
y salió del cuarto, agradecido,
asustado, feliz, avergonzado.
                                                Las siete
y diez. Silencio en la dieciocho. Esta mañana,
los hábitos volverán a sus dueños deshumanizados
y las señales de la enfermedad apagarán sin tregua
los últimos pasos de don Saturnino,
la llama que mostró por vez primera y única,
la única esperanza albergada por otros enfermo.
Murió solo. Recogerán los trozos. Firmarán,
será otro más, ignorado por la historia.
¿Es un éxito? De este modo, cuando los invictos albinos
lleguen en pomposa comitiva una vez más y en orden,
habrá un gran silencio en la dieciocho,
nadie estará allí para interrumpirles.

En el metro, 29 de junio de 2013, 20:14

viernes, 21 de junio de 2013

Le tombeau de Beethoven

Mediodía en la ciudad
(es decir, sobre las seis de la mañana,
hora española).
                          Diremos —aproximadamente—
que habrá unas seiscientas veinticinco personas humanas en Kärtnerstrasse,
una sombra y siete
ausencias,
improvisados peregrinos
en busca del saber y de la música
detrás de los Templarios y los Austrias
y del último souvenir de la princesita.

Para llegar hasta el sepulcro del maestro
es preciso andar mucho,
girar a la derecha en la penúltima cruz,
cerrar los ojos un momento
para escuchar a Schiller
y abrazar la piedra con la música.

Sí. Aquí yace el viejo Ludwig
en su túmulo gris y decadente
rodeado de flores secas y aromas a tierra
llenos de muerte,
polvo y humilación sin entredichos.

Aquí
se despidieron las sombras,
el agua y el alcohol de unos ojos tristes
y lejanos
que lloran dignidad y fundamento.

Aquí
se puso de acuerdo un diez por ciento de la población de esta fría ciudad
no sin antes permitir la deshonra,
el olvido, la traición sin argumentos,
el triunfo de la idiocia,
el mar recuerdo que traspasó los años.

Aquí
lleva doscientos años esta maldita lápida
en la que nunca hay nada escrito,
tan sólo un frémito,
ni siquiera música,
mastaba sorda únicamente acompañada
del sol azul que luce sobre los negros arcos
y los corindones del tranvía
que va desde la catedral hasta la muerte.

Y yo, paladín del silencio,
deposito un ramo etéreo bajo el aire viciado
de ajenjo y piedra muerta
sobre la tierra fría que ensordece
la profunda mirada de la angustia,
y lloro una soledad que es tuya y mía,
y miro con ojos quejumbrosos al abismo.

Viena, 21 de junio de 2013
(terminado el 26 de diciembre de 2015)

martes, 18 de junio de 2013

Los últimos días

 Sólo el amor, y no la razón, produce buenos pensamientos.

Thomas Mann, La montaña mágica
 

Vacío recóndito, escondido en la
mirada de un sueño.
Ritenuto
F. de Goya, "El sueño de la razón produce monstruos" (1799) 

Brotan miradas, pámpanos, sospechas,
desiertos pasajeros envueltos
en azules polvorientos.

Nada es,
nada está donde quedaba. Tan solo
el aroma inquietante de las orquídeas
al borde de la ventana
donde miran las manadas de himenópteros
el ciclo vital de los parásitos.

Ven.
        Enséñame
la memoria de las palabras,
el último aliento de montaña que intuyó el sueño
nada brillante de aquel invierno.

No ha lugar
la incorrupción de los designios incorrectos
que desvelan, pútridos, certeros,
el tiempo entre papeles
cubiertos por cristal de mineral de cuerpos
caídos en nombre de la ciencia.

Sólo busco
una mirada que ponga fin a mi eterno
poema incoercible,
que exclame
tangible, cierta, veraz, indómita,
"estoy aquí",
                      y estén
los ojos que reverberan desde el fuego del pasado
hasta el viento del futuro,
y paras
en mi presente,
que es mío y nuestro,
que no es mío,
que es penumbra amable de nueva resistencia
plagada de viernes.

Ven aquí
y termina tu poesía.
Después, vivamos.

Leganés (Madrid), 18 de junio de 2013, 00:25